Confundir la dislexia con la falta de esfuerzo es más frecuente de lo que pensamos. No resulta tan evidente ni tan fácil de identificar a ojos de la familia. El niño o niña lee, escribe, aprueba los exámenes y va avanzando de curso, pero con un esfuerzo y sufrimiento mayor que los demás.
En este artículo os expongo un caso (anonimizado) como ejemplo. Pero son casos muy comunes en consulta: niños o niñas inteligentes, con interés por hacerlo bien, pero etiquetados como «despistados», «lentos» o «perezosos», cuando en realidad lo que pasaba es que había una dificultad en el aprendizaje no detectada.
Índice
En qué situaciones se suele confundir la dislexia con falta de esfuerzo
La dislexia confundida con falta de esfuerzo suele darse en niños o niñas que han ido rindiendo académicamente, pero con mucho esfuerzo. No es que las dificultades en la lectura hayan sido evidentes, sino que son niños o niñas que tardan mucho en hacer los deberes, rechazan la lectura o el estudio, se agotan antes o cometen errores que aparentemente son muy simples.
El caso que os expongo aquí es el de una niña de 10 años, escolarizada en primaria, cansada de oír expresiones como «tienes que fijarte más», «debes esforzarte» o «no muestras interés». Ese es el error: atribuir los fallos o el fracaso a su actitud, cuando en realidad había un problema de aprendizaje.
Lo que se observaba desde fuera era que leía algunas palabras mal, confundía grafías, invertía letras, no dejaba espacio entre algunas palabras y leía más lento de lo normal. Tampoco parecía entender lo que leía, cometía muchas faltas tanto en dictado como en copia y en los exámenes fallaba respuestas que oralmente sí sabía contestar.
Lo más negativo de no detectar estas situaciones es el sufrimiento que genera, en este caso a la niña, y la idea que empieza a construir de sí misma (no soy lista, no sirvo para estudiar, no me va a salir bien…).
Por eso insistimos tanto en la importancia de una evaluación psicopedagógica completa cuando el rendimiento no va acorde con el esfuerzo real del menor.
Qué hizo sospechar a la familia que había algo más
La familia decidió buscar ayuda profesional después de ver que los problemas iban más allá de los deberes y la situación no mejoraba. La niña ya rechazaba leer en voz alta, se ponía nerviosa ante el simple hecho de ponerse a hacer las tareas escolares y, cuando se ponía, tardaba muchísimo.
Además, cuando preparaba los exámenes parecía saber lo estudiado ante preguntas orales, pero al tener que hacer los exámenes por escrito suspendía. Había empezado a decir que odiaba el colegio, estudiar y todo lo relacionado con la lectura.
Sentarse a hacer los deberes era cada vez más un martirio, tanto para ella como para la familia, y eso fue lo que más les empujó a buscar ayuda.
Este contraste es muy típico en algunos perfiles de dislexia. El problema no está en la inteligencia ni en la capacidad para aprender, sino en el acceso al código escrito. Por eso, cuando hay una dislexia confundida con falta de esfuerzo, muchas veces el niño parece funcionar de manera irregular: unos días bien, otros fatal; oralmente mejor que por escrito; con ayuda mucho mejor que de forma autónoma.

Qué mostró nuestra evaluación psicopedagógica
En Divergentes hicimos una evaluación completa. No nos centramos únicamente en explorar la lectoescritura, sino que valoramos todos los ámbitos (inteligencia, funciones ejecutivas, ansiedad y estado de ánimo, autoconcepto, vocabulario y lectoescritura).
Es fundamental valorar todos los ámbitos, ya que las dificultades pueden ser consecuencia de otros problemas o incluso coexistir con otras dificultades.
Los resultados mostraron una inteligencia dentro de la normalidad, con valores incluso por encima de la media, un funcionamiento ejecutivo correcto, un estado elevado de ansiedad, un estado de ánimo dentro de la normalidad y un autoconcepto bajo a nivel intelectual. Al explorar la parte específica de la lectoescritura se pudieron ver claramente las dificultades que presentaba, con un diagnóstico de dislexia (trastorno específico del aprendizaje).
El diagnóstico permitió poner nombre a lo que ocurría: una dificultad específica del aprendizaje con afectación en lectura y escritura, dislexia.
A partir del diagnóstico pudimos marcar el punto de partida de la intervención.
Para muchas familias, entender cómo detectar trastornos del aprendizaje ayuda precisamente a dejar de interpretar estos perfiles como pereza o desinterés.
Cómo cambió su día a día tras la intervención
Nuestras recomendaciones en cuanto a la intervención en dislexia siempre tienen tres líneas de actuación: intervención especializada en consulta, adaptaciones escolares y pautas para la familia (tres agentes de actuación: Divergentes, el colegio y la familia).
Por nuestra parte, en consulta se trabajó la lectura, la conciencia fonológica, la fluidez, la ortografía y estrategias y herramientas prácticas para el estudio. También trabajamos herramientas de organización, técnicas de estudio y trabajo del autoconcepto y la ansiedad.
Con la familia, el trabajo iba dirigido a cambiar la forma de ayudar en los deberes y tareas académicas, así como a implementar hábitos y rutinas de estudio.
Con el centro escolar mantuvimos varias reuniones con la finalidad de exponer la evaluación y los resultados y acordar con ellos las mejores adaptaciones para su correcto funcionamiento escolar. Algunas de las adaptaciones fueron más tiempo en los exámenes, simplificar enunciados en los ejercicios, valorar contenidos sin penalizar algunos errores y facilitar instrucciones claras.
A partir de estos cambios la menor empezó a funcionar mejor, a presentar menos tensión ante lo académico, a sentirse mejor consigo misma y a poder hacer los deberes con más facilidad.
Por eso, si un menor se esfuerza, pero los resultados no llegan; si necesita muchísimo tiempo para leer, escribir o estudiar; si evita cualquier tarea relacionada con el lenguaje escrito; o si empieza a decir que “no sirve para estudiar”, conviene valorar qué hay detrás.
A veces, lo que parece falta de esfuerzo es en realidad una dificultad que está pasando desapercibida. Y detectarla a tiempo puede evitar años de frustración, etiquetas injustas y sufrimiento innecesario.


