Los conflictos entre madre e hija adolescente son una de las consultas que más se repiten en terapia familiar durante la adolescencia. Suele ser común que se den pequeñas discusiones diarias, comentarios molestos, silencios o una sensación de tensión en la relación con ella.
Y aunque esto suele ser propio de la etapa de la adolescencia, cuando se incrementa con el paso de los meses y la relación resulta cada vez más complicada es cuando se genera un gran malestar dentro de la familia.
Muchas madres llegan a consulta con una sensación de frustración, de ya no saber qué más hacer, cómo hablarle, y con el sentimiento de hacer todo mal respecto a su hija. Justo cuando hablas con la adolescente manifiesta justo lo contrario: sentirse incomprendidas, controladas o continuamente cuestionadas.
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Por qué surgen tantos conflictos entre madre e hija en la adolescencia
La adolescencia de por sí ya es una etapa de grandes cambios. Existe una necesidad de diferenciarse, de construir su identidad y autonomía, y esto en un principio provoca el distanciamiento emocional de las figuras parentales. Esto, suele generar malestar a madres y padres, que no entienden muy bien qué está pasando.
En la relación madre-hija esto algunas veces es más intenso aún ya que suele existir un vínculo más estrecho entre ambas. La madre suele ser la figura de apoyo principal, pero en esta etapa se convierte en la figura con la que más se discute.
Además, muchas adolescentes están intentando encontrar quiénes son mientras gestionan inseguridades, presión social, cambios físicos y emociones intensas. Y todo eso sale, muchas veces, en casa.
No porque la madre lo esté haciendo mal. Sino porque el hogar es el lugar donde el adolescente siente suficiente seguridad como para desbordarse.

Señales de que el conflicto está afectando el bienestar emocional
La discusiones puntuales son normales, más especialmente en esta etapa del desarrollo en la que la búsqueda de identidad propia lleva a enfrentarse para buscar esa autoafirmación. El problema viene cuando el conflicto se convierte en la forma habitual de relacionarse.
Algunas señales que nos pueden indicar que quizá esos conflictos ya no son normales son:
- Conversaciones que terminan siempre en discusión.
- Distanciamiento emocional.
- Sensación de estar siempre con miedo a la reacción hacia nosotros.
- Llanto frecuente, ansiedad o irritabilidad en alguna de las dos partes.
- Culpa persistente después de cada enfrentamiento.
A veces la relación entra en una dinámica donde ambas sienten que hagan lo que hagan nunca consiguen entenderse. Ahí es cuando deberíamos plantear la búsqueda de ayuda.
Cómo interpretar que mi hija me hable mal
Si bien es cierto que esta situación genera un gran malestar en las madres (no tanto el desacuerdo, sino las formas que empieza a usar, el tono y la sensación de desprecio), es importante entender de dónde viene, pero saber también que entender no significa permitir.
Muchas adolescentes hablan mal porque emocionalmente se sienten desbordadas pero no cuentan con las herramientas suficientes para manejar la frustración, el enfado, la necesidad de autonomía o la frustración acadámica de forma más madura. Esto no significa que debamos aceptar este tipo de conductas, pero nos ayudará a no interpretarlas como un ataque personal.
Si respondemos a estos comportamientos de forma impulsiva, el conflicto escalará rápidamente. En cambio, si conseguimos mantener la calma pero reafirmando los límites, la dinámica poco a poco empezará a cambiar.
Al principio resulta complicado, sobretodo requiere mucho trabajo por parte del adulto, pero poco a poco va resultado efectivo.
Qué hacer para reducir los conflictos
Hay algunos pequeños cambios que podemos hacer y que tendrán un gran impacto:
- Escuchar más y corregir menos.
- Elegir qué batallas realmente merecen la pena.
- Buscar momentos de bienestar juntas fuera del conflicto.
- Validar emociones antes de dar soluciones.
- Mantener límites claros sin necesidad de gritar o amenazar.
También ayuda muchísimo revisar las expectativas. A veces esperamos que la adolescente responda emocionalmente como un adulto… cuando todavía está aprendiendo a regularse.
Y algo importante: cuando el vínculo queda reducido únicamente a normas, exigencias o reproches, el vínculo emocional se deteriora muy rápido.
Cuando considerar la terapia para mejorar la relación maternal
Si, a pesar de intentar controlar la situación, vemos que deja de ser manejable desde casa, el conflicto se vuelve constante y genera mucho malestar en la convivencia o se requiere urgentemente mejorar la comunicación con tu hijo adolescente, la terapia ayudará muchísimo.
Hay que tener claro antes de iniciar el proceso, que este implicará tanto al adulto (en este caso la madre), como a la adolescente. Incluso puede que haga falta que participen todos miembros de la unidad familiar.
En muchas ocasiones nos encontramos a madres y padres que traen al adolescente a terapia “para que cambie su actitud” en cuanto que lo que realmente se necesita es que todos hagamos pequeños cambios.
En terapia trabajamos algo muy importante: salir del rol de enemigas. Muchas madres e hijas llegan sintiendo que están permanentemente enfrentadas, cuando en realidad ambas están sufriendo y ninguna sabe cómo volver a acercarse sin que aparezca otra discusión.
Los conflictos entre madre e hija adolescente son difíciles, intensos y emocionalmente agotadores. Pero también forman parte de una etapa de transformación.
Si buscas ayuda para gestionar la situación y darle solución, contacta con nuestros especialistas en psicología para adolescentes.


